**** EL GATO MALDITO ****
Yo soy amante de los gatos de hecho tengo seis gatos que recogí de la calle y para mí son unos animalitos tan nobles y en mi creencia muy especiales pues creo que ellos limpian las malas energías que hay en casa o en tu persona.
Pero la experiencia que viví cuando tenía 17 años fue terrorífica. Yo soy Griselda Jiménez Gutiérrez y este relato que les contaré lo vivimos mis hermanos y yo.
Nuestra habitación era una accesoria grande, ahí mis padres acondicionaron para que mis hermanos y yo durmiéramos, pues estaban construyendo la casa.
Una noche dormía junto a mi mi prima que tenía cuatro años, de repente oí como un ronroneo muy fuerte, abro los ojos y veo un gato enorme sobre el pecho de mi prima.
Inmediatamente yo espanté al gato y éste se pone a la defensiva, maullando espantosamente y en posición de ataque...
(Cabe mencionar que no teníamos gatos en ese entonces.)
Mis hermanos se despertaron con los maullidos del gato, entonces éste empezó a girar sobre sí mismo y se aventaba por el aire.
Logramos abrir la puerta de la accesoria que daba para el patio y el gato salió hecho un demonio, nos quedamos muy nerviosos al ver el comportamiento tan extraño de ese gato y también por el enorme tamaño que tenía.
"Habíamos visto muchos gatos pero no de ese tamaño".
Y otra de las cosas que nos dió miedo fue, ¿por dónde había entrado ese gato si no había ventanas?. El techo era de concreto, la puerta sólo se podía cerrar desde adentro.
Lo dejamos pasar, no comentamos nada, simplemente lo olvidamos, pero cuando llegó la noche ya al estar dormidos, mi hermano Carlos empezó a gritar pues tenía al gato sobre su pecho y decía que no podía respirar.
Me levanté, tomé una escoba y le di al gato para derribarlo de mi hermano y este se puso a maullar escalofriantemente, más bien parecían gritos, se aventaba por los aires.
Abrimos la puerta y volvió a salir corriendo entre las sombras de la noche...
Le contamos a mi madre lo que estábamos viviendo en las noches y ese día a la hora de dormir buscamos debajo de las camas para ver si el gato no estaba escondido, pero buscamos por todas partes y ahí no había ningún gato.
Ya seguros de que no estaba, mi madre cerró la puerta por fuera con una tranca.
Nos quedamos dormidos pero yo me sentía inquieta y con miedo y no podía conciliar el sueño y me despertaba de tiempo en tiempo.
Hasta que horrorizada ví al gato encima del pecho de mi hermano, el más pequeño, estaba tan cerca de su cara con una mirada demoníaca y era como si ese gato estuviera absorbiendo el aire que mi hermano exhalaba.
Me levanté y con un zapato le di al gato y este se me aventó haciendo ruidos extraños, cómo locos empezamos a gritar y entre los tres logramos abrir la puerta y ese animal que parecía estar endemoniado, salió.
A la mañana siguiente estaba mi mamá con una vecina ya mayor y le empezó a platicar lo que nos estaba pasando con ese gato.
Y la señora le dijo a mi mamá: no Seño Yami, ese no es un gato, es un Nahual, es un brujo.
Ella le dijo a mi mamá que regara mostaza en nuestras camas y agua bendita.
Llegó la noche y como estaba sucediendo cada noche el gato apareció, pero esta vez encima de mi pecho.
Quise moverme y no podía, sentía como si mi respiración se volvía más lenta y pausada, me impresionó la mirada fría y fija que el gato tenía sobre mí.
En eso mi hermano Carlos le dió un golpe al gato con un bat de plástico que tenía y el gato se movió y empezó a llorar y hacer esos ruidos tan horribles.
Habían dejado en el cuarto la botella con agua bendita y a mi hermano se le vino la idea de echarle agua al gato.
Y fue como si al gato le hubiéramos hechado ácido o algo así, empezó a retorcerse en el suelo, a girar, a revolcarse y a dar unos maullidos interminables. Abrimos la puerta y salió arrastrándose, entonces le volvimos a hechar agua bendita y el espectáculo era macabro, pues se movía en medio de convulsiones.
Trataba de trepar la pared y caía estruendosamente una y otra vez, ya en ese momento se movía lentamente, se quedó ahí tirado por unos segundos respirando agitado y en un intento más logró trepar la pared.
Y fue la última vez que supimos de ese gato, jamás volvió a nuestra habitación.
Ahora que tengo gatos, ellos no se comportan así, al contrario, son muy protectores y cariñosos.
-Griselda Jiménez Gutiérrez
Pero la experiencia que viví cuando tenía 17 años fue terrorífica. Yo soy Griselda Jiménez Gutiérrez y este relato que les contaré lo vivimos mis hermanos y yo.
Nuestra habitación era una accesoria grande, ahí mis padres acondicionaron para que mis hermanos y yo durmiéramos, pues estaban construyendo la casa.
Una noche dormía junto a mi mi prima que tenía cuatro años, de repente oí como un ronroneo muy fuerte, abro los ojos y veo un gato enorme sobre el pecho de mi prima.
Inmediatamente yo espanté al gato y éste se pone a la defensiva, maullando espantosamente y en posición de ataque...
(Cabe mencionar que no teníamos gatos en ese entonces.)
Mis hermanos se despertaron con los maullidos del gato, entonces éste empezó a girar sobre sí mismo y se aventaba por el aire.
Logramos abrir la puerta de la accesoria que daba para el patio y el gato salió hecho un demonio, nos quedamos muy nerviosos al ver el comportamiento tan extraño de ese gato y también por el enorme tamaño que tenía.
"Habíamos visto muchos gatos pero no de ese tamaño".
Y otra de las cosas que nos dió miedo fue, ¿por dónde había entrado ese gato si no había ventanas?. El techo era de concreto, la puerta sólo se podía cerrar desde adentro.
Lo dejamos pasar, no comentamos nada, simplemente lo olvidamos, pero cuando llegó la noche ya al estar dormidos, mi hermano Carlos empezó a gritar pues tenía al gato sobre su pecho y decía que no podía respirar.
Me levanté, tomé una escoba y le di al gato para derribarlo de mi hermano y este se puso a maullar escalofriantemente, más bien parecían gritos, se aventaba por los aires.
Abrimos la puerta y volvió a salir corriendo entre las sombras de la noche...
Le contamos a mi madre lo que estábamos viviendo en las noches y ese día a la hora de dormir buscamos debajo de las camas para ver si el gato no estaba escondido, pero buscamos por todas partes y ahí no había ningún gato.
Ya seguros de que no estaba, mi madre cerró la puerta por fuera con una tranca.
Nos quedamos dormidos pero yo me sentía inquieta y con miedo y no podía conciliar el sueño y me despertaba de tiempo en tiempo.
Hasta que horrorizada ví al gato encima del pecho de mi hermano, el más pequeño, estaba tan cerca de su cara con una mirada demoníaca y era como si ese gato estuviera absorbiendo el aire que mi hermano exhalaba.
Me levanté y con un zapato le di al gato y este se me aventó haciendo ruidos extraños, cómo locos empezamos a gritar y entre los tres logramos abrir la puerta y ese animal que parecía estar endemoniado, salió.
A la mañana siguiente estaba mi mamá con una vecina ya mayor y le empezó a platicar lo que nos estaba pasando con ese gato.
Y la señora le dijo a mi mamá: no Seño Yami, ese no es un gato, es un Nahual, es un brujo.
Ella le dijo a mi mamá que regara mostaza en nuestras camas y agua bendita.
Llegó la noche y como estaba sucediendo cada noche el gato apareció, pero esta vez encima de mi pecho.
Quise moverme y no podía, sentía como si mi respiración se volvía más lenta y pausada, me impresionó la mirada fría y fija que el gato tenía sobre mí.
En eso mi hermano Carlos le dió un golpe al gato con un bat de plástico que tenía y el gato se movió y empezó a llorar y hacer esos ruidos tan horribles.
Habían dejado en el cuarto la botella con agua bendita y a mi hermano se le vino la idea de echarle agua al gato.
Y fue como si al gato le hubiéramos hechado ácido o algo así, empezó a retorcerse en el suelo, a girar, a revolcarse y a dar unos maullidos interminables. Abrimos la puerta y salió arrastrándose, entonces le volvimos a hechar agua bendita y el espectáculo era macabro, pues se movía en medio de convulsiones.
Trataba de trepar la pared y caía estruendosamente una y otra vez, ya en ese momento se movía lentamente, se quedó ahí tirado por unos segundos respirando agitado y en un intento más logró trepar la pared.
Y fue la última vez que supimos de ese gato, jamás volvió a nuestra habitación.
Ahora que tengo gatos, ellos no se comportan así, al contrario, son muy protectores y cariñosos.
-Griselda Jiménez Gutiérrez
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